El sol de mediodía arreciaba con impunidad sobre los rostros cuarteados de aquel par de hombres, y el polvo ardiente arrastrado por el viento se pegaba al sudor de sus frentes imprimiendo aún mayor aspereza a los semblantes, ya por sí endurecidos con los años. Sobre ellos se alzaba el cielo manchado de algunas nubes modestas cuya sombra apenas alcanzaba a acariciar tímidamente las rocas apiladas que cercaban los ranchos. La tierra se estiraba sin descanso de un extremo a otro, interrumpida sólo por aquel monte pedregoso que se levantaba en medio del infortunio. Esa tierra azarosa e indiferente, sobre la cual no había tragedia humana que importara, ninguna que trascendiera, sostenía a los dos viejos como a un par de semillas secas en la palma de la mano.
El aire arremetía contra sus sombreros desteñidos y, durante breves instantes de tregua, interrumpía el rumor de su silbido dejando un silencio pasajero que les habría bastado para escuchar con claridad los pensamientos del otro. Ambos aparentaban la misma edad, a pesar de que entre ellos se extendía una brecha de más de veinte años.
Además del talante duro, el más viejo tenía la mirada cansada, la piel serrana, y los labios enmarcados por un bigote tan blanco como en otro tiempo había sido azabache. Andaba a pasos lentos y cojeaba ligeramente a consecuencia de una antigua herida de bala adquirida en un pleito de cantina y no durante su carrera militar, como bien podría haber se pensado. Su nombre era José Pascual Rentería. Venía de lejos, según había dicho, y le había tomado varios días llegar al pueblo porque nadie supo indicarle el rumbo, aunque en realidad no era un asunto que importara: sea cual fuere su lugar de procedencia, seguro quedaba lejos, pues hacía mucho que ningún camino conducía a Olvido.
Llegaba con algunos años de retraso, buscando a una mujer. Había postergado tantas veces su regreso y ahora que finalmente estaba allí, ante aquellos árboles secos, los corrales desvencijados y las antiguas fachadas relucientes ahora marcadas por un color blanco deslavado, se percataba de que aquella región despiadada estaba acentuada por los rasgos propios de una tierra yerma. No se encontró con los niños que solían cazar culebras cerca del arroyo, tampoco ladraron los perros a su entrada al poblado. En su lugar sólo encontró cuervos, cientos de ellos, posados sobre las ramas sedientas como esperando algún presagio. Las puertas y ventanas de las casas polvorientas permanecieron cerradas, de manera que no hubo sombra que lo refugiara del sol ni del abrasante recuerdo de Martina Dorantes.
Después de andar algunas calles con la esperanza de tropezar con algún conocido o, cuando menos, un alma caritativa que lo invitara a sacudirse el sopor vespertino y resguardarse de aquel sol traicionero, casi al final del trayecto, a la orilla de un descampado, creyó ver la silueta de un hombre. Era alto, de aspecto hosco y andar arqueado, y a medida que se acercaba a él, se evidenciaban sus ojos grandes almendrados y el mentón hendido en su rostro lampiño. Vestía una camisa a cuadros desgastada, arremangada hasta los codos, y trabajaba afanosamente amontonando piedras, a manera de cerca, para delimitar aquel terruño. Parecía ignorar que ya no estaba solo, así que cuando José Pascual tuvo la certeza de no estar presenciando una aparición, caminó arrastrando la pierna mala hasta que se hubieron encontrado de frente. Entonces se escrutaron en silencio, con los ojos bien abiertos y los labios apretados.
Se llamaba Demetrio. No tenía hijos, como tampoco se le había conocido mujer fija en sus cincuenta y dos años de vida. Desde joven se consagró al cuidado de su madre y cuando ésta al fin murió un par de veranos atrás, no encontró en que ocuparse para espantar el hastío de aquella soledad aplastante. Sólo una vez había salido de Olvido, durante su adolescencia, cuando visitó el pueblo vecino de Buenaventura y fue a una casa de ésas, a procurarse calor de cama. La mujer que se encargó de él era vieja y despedía el olor pegajoso de los sudores tantas veces amasados, tenía los senos tristes y el sexo abultado. Al final de la faena Demetrio le dejó algunos billetes arrugados sobre la almohada, pero había sido tan breve y tan poco placentera la experiencia que esa misma noche regresó a casa, con la vergüenza subida al rostro y la resolución secreta de nunca más recurrir a los amores de alquiler. Ahora pensaba que ya era demasiado viejo para andar buscando la mujer como se busca el pan de cada día.
Hasta esa tarde los dos hombres jamás se habían visto, a pesar del uno tener conciencia de la existencia del otro. Ahora estaban allí, sin sospechar sus identidades, en medio de aquel páramo, respirando el mismo aire sofocante y cuestionándose mutuamente con la mirada. Un par de viejos rudos, ignorantes del irremediable llamado de la sangre.
—Así que anda buscando a alguien—, dijo Demetrio despacio, como arrastrando la voz. Luego añadió—: Aquí ya no queda nadie. Hace mucho tiempo que todos decidieron nacer o morir en otro lado—. Lo decía sin nostalgia pero subrayando cada una de sus palabras, con un acento que delataba su fuerte arraigo en aquel pueblo. José Pascual no se preocupó por parecer asombrado. Acababa de cumplir setenta y tres años, y se le ocurría que quizás a su edad tanta añoranza había acabado por tenderle una trampa. Pensó entonces que probablemente Olvido nunca había sido gran cosa.
—Sólo el polvo se ha quedado —continuó Demetrio—. Ese polvo ardiente, que no perdona y muerde sin piedad. A no ser por eso, ya nada más queda.
—No siempre fue así —argumentó el mayor—. De joven yo conocí este pueblo, cuando llegaban a él gentes de todos lados. Con semejante ajetreo, ¡quién hubiera imaginado que le había de llegar la mala hora!
—Puede que tenga razón. Pero como le digo, llega usted algunos años tarde —aseguró aquel hombre—. A donde vaya no encontrará sino cuervos y algún que otro sonido transportado por el viento. De eso si hay mucho, tanto que si uno cierra los ojos, hasta podría pensar que está en algún lugar poblado. Pero basta con abrirlos de nuevo para desengañarse. No, si aquí no hay quien viva.
«Carajo», pensó José Pascual mientras secaba con el dorso de la mano las mugrosas gotas de sudor que escurrían por su frente. «Hasta ahora me doy cuenta realmente de cuánto tiempo ha pasado». Recorrió con la mirada el horizonte, de extremo a extremo, tratando de recordar dónde podía ubicarse la finca en donde por poco más de un año vivió al lado de Martina Dorantes, pero sus ojos no encontraban lugar que los detuviera. Volvió la vista, y entonces notó que Demetrio continuaba su labor. Ese otro hombre de hablar pausado, el primer ser viviente con quien se había cruzado hasta entonces, luchaba ahora contra una piedra que resistía a quedarse en su lugar. En ese momento Demetrio le causó cierta simpatía. Le había recordado vagamente a sí mismo. José Pascual creyó reconocer en él ese mismo carácter tozudo que lo había llevado a escalar en el ejército, empezando como cabo, hasta llegar a mayor.
Decidió ayudarlo.
Encontró una buena piedra, y otra, mientras cavilaba lo que habría de hacer, y cuanto más apilaban, mejor les salían a los dos hombres las palabras.
—Disculpe que me entrometa —le dijo a Demetrio—. Pero si usted pensó que era bueno cercar la tierra, sería porque habrá quien venga todavía por estos rumbos.
—Esto de las piedras es sólo pa’ ocuparme de algo —le respondió mientras se hacía aire con el sombrero—. La realidad es que ahora nadie viene. Años atrás aún llegaba un que otro cristiano buscando parientes distantes, pero poco a poco se dieron por vencidos. Los más empecinados contaban cómo les era cada vez más difícil recordar el camino a Olvido. Al final ya no volvieron. Terminaron por convencerse que este pueblo lleva su maldición en el nombre.
—Yo no busco parientes. Busco a una mujer —señaló el mayor—. Se llama Martina Dorantes.
—La conozco —respondió, llevándose de nuevo el sombrero a la cabeza, y con voz fúnebre, agregó—: O mejor dicho, la conocí, señor... ¿Cómo dijo que era su nombre?
—No lo dije. Soy el mayor Rentería. José Pascual Rentería.
—Con que mayor, ¿eh? —habló Demetrio a regañadientes, y por primera vez desde que se encontraron, dejó el trabajo a un lado, concentrándose en cada gesto de aquel hombre que tenía frente.
—Entonces, ¿quiere decir que murió? —preguntó el anciano, y sin esperar respuesta continuó hablando—. Es una lástima. Jamás conocí cama más ardiente que la de esa Martina Dorantes —añadió mientras revivía el recuerdo de aquella amante incansable. Luego de una ligera pausa, remató—: ¡Esa mujer sabía de unas mañas, que hasta donde yo sé, bien pudo haber sido de otro hombre aquel hijo bastardo que cargaba dentro!
Demetrio no daba crédito a tales palabras. En un instante sintió el hervor de la sangre recorrer todo su cuerpo, removiendo viejos rencores que hacía tiempo había creído olvidados. Apretó los puños y tragó saliva de rabia, sin embargo, el eterno polvo abrasante y aquel inclemente sol de julio le impidieron al mayor percatarse de ello.
Martina Dorantes había esperado hasta el cansancio el regreso de José Pascual Rentería. Habían vivido en amasiato durante un año y medio, antes de que José Pascual iniciara siquiera su carrera militar. Ella era huérfana de padre y madre. Su única familia era la hermana mayor, quien se había marchado de Olvido buscando un mejor porvenir y se había extraviado en los vericuetos de la vida fácil tan pronto llegó al pueblo vecino, de modo que ahora se encontraba completamente sola. Él estaba de paso. Se había quedado varado en su camino a la escuela militar, y lo habría continuado, de no haber sido porque esa noche conoció el lecho de Martina. Jamás lo planearon, pero se quedó con ella una semana, y otra, y cuando al fin se dieron cuenta ya llevaban un año juntos. Retozaban a todas horas, se deshacían en arrumacos, amándose ahí donde la inspiración los asaltaba. No les importaba interrumpir la siesta o dejar a medias el desayuno con tal de satisfacer aquel hambre que era más fuerte que las ganas de comer y no hubo rincón que no fuera testigo de aquellos desquiciados rituales de placer, hasta el día infame en que a Martina le fallaron las cuentas, y con un tino certero, José Pascual Rentería la dejó en estado interesante. Tan pronto se enteró del embarazo, el hombre decidió que era el momento de seguir su rumbo, enlistarse otra vez en el ejército. Así como llegó, se fue también. La dejó a la buena de Dios pero con la promesa falsa de que volvería para casarse con ella y reconocer como suyo al niño, pues él no era hombre de regar hijos bastardos.
Martina Dorantes parió sola, antes que nadie alcanzara a llegar para asistirla en el parto, un varón de ojos almendrados y mirada temerosa. Lo llamó Demetrio, pero se rehusó a ponerle apellido con la esperanza de que, primero Dios, regresara pronto el padre a dárselo. Demetrio habría de crecer con el recuerdo de la madre que encanecía sin remedio, asomando a la ventana, tratando de divisar en el horizonte la señal inequívoca del regreso del hombre perdido. Cada nuevo día era una razón para tener la casa limpia y la comida en el fogón.
—Uno de estos días vendrá tu padre, ya lo verás —decía Martina, siempre con la esperanza empollando entre el pecho y la voz, tratando de convencerse más a ella misma que a su hijo—. José Pascual Rentería, se llama. Tú no lo conoces porque se fue al ejército, pero él te engendró. Ahora seguro es capitán. En una de esas hasta coronel. Apréndete bien su nombre porque cuando ese día llegue, entonces llevarás el suyo.
Estas palabras accionaban en su hijo un mecanismo de ensoñación del cual no salía en horas y que Martina Dorantes interpretaba como lapsos de ensimismamiento, propios de la pubertad. «Demetrio Rentería», pensaba el muchacho con una sutil sonrisa que apenas era sugerida en las comisuras de los labios. «Ése es mi nombre, con todas sus letras. Soy Demetrio Rentería». Le gustaba la resonancia de aquellas palabras. Imaginaba que las decía frente a sus compañeros de la doctrina, henchido de orgullo, y amparado por un gesto de aprobación del párroco del pueblo. Hasta entonces no había sido nadie pero tenía la plena certeza de que, cuando el destino inevitable le trajera a su padre, podría decir con toda legitimidad que él era Demetrio Rentería.
Fue de esta manera que, con una frágil felicidad compartida, el muchacho acompañaba a su madre en la incansable espera de aquel día que jamás habría de llegar.
La tarde caía en aquel áspero confín del mundo. El sol que hasta unas horas antes ardía sobre sus cabezas ahora parecía besar el monte y lo hacía resplandecer como un maizal en llamas. Los viejos se miraron fijamente: los rostros sucios de sudor y polvo, las manos labradas durante muchos años de vicisitudes, estudiando cada gesto, tan callados, como si intentaran escuchar los murmullos sepulcrales arrastrados por el viento. Permanecieron así un largo rato, junto a las piedras amontonadas, hasta que Demetrio rompió el silencio mientras retomaba la construcción de la cerca.
—Mejor sería que regresara por donde vino, amigo —espetó Demetrio. Luego lanzó un escupitajo que fue absorbido con ansiedad por el suelo infecundo—. Aquí no encontrará cosa que valga. Ya se lo he dicho, aquí no hay quien viva.
—Ya me estoy convenciendo de eso —observó José Pascual mientras veía cubrirse de polvo la mancha húmeda que había dejado la saliva en la tierra—. De cualquier modo, aún no me ha dicho de qué murió Martina.
Demetrio se impacientaba.
—No me lo va a creer: por culpa de un hombre muerto —contestó—. A fuerza de tanto pensar en el difunto, olvidó como vivir.
—Ya decía yo... tenía que haber otro hombre —dijo el mayor sin miramientos—. Seguro más tardé yo en irme, que ella en encontrar con quien revolcarse.
Sin saberlo, aquel anciano había encendido la mecha una vez más y la sangre de Demetrio, sangre de su sangre, llegó al punto de ebullición.
—Será mejor que vaya agarrando rumbo —profirió con un malestar que al fin se hacía evidente—. Ya no dilata en oscurecer, sabrá Dios lo que pueda ocurrirle en el camino.
—¡Qué carajos! Y yo que venía a morir en cama de esa mala mujer, en este pueblo puñetero —exclamó el viejo José Pascual Rentería, mientras daba la media vuelta y, cojeando levemente, avanzaba en dirección opuesta.
Demetrio no dijo más. Se dejó enredar en una inescrutable madeja de emociones que, una vez reanimadas, cobraron gran relieve. Sintió el calor que lo incitaba y entonces la vio. Una piedra enorme, pesada como el resentimiento de todos esos años y, haciendo un gran esfuerzo, la levantó con ambas manos por encima de su cabeza. Luego la dejó caer sobre el débil cráneo del anciano, quien se desplomó al instante sobre la vasta tierra agrietada que cobijaba el cuerpo sin vida de Martina Dorantes.
Bajo aquel atardecer, una luz azafranada bañó el rostro polvoriento de José Pascual Rentería. Había abandonado este mundo sin conocer que Demetrio era su hijo y, en esa tierra azarosa e indiferente, sobre la cual no había tragedia humana que importara, el viento siguió silbando llevándose consigo un quejido apenas audible. Otro muerto, un cuervo más en el pueblo de Olvido.
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