Wish you were here


A Eduardo de Gortari, pero ante todo, a mi padre.
 

Siempre te supe distante y callado.
Mi otro padre, el de la foto, sonríe.
Su mirada delatora señala a su cómplice,

ella, fuera de cuadro.

Sostengo la instantánea entre mis dedos:
aunque se han deslavado sus colores con los años

[antiguos ideales]

y aun cuando muestra algunas raspaduras

[sueños inconclusos]

mi padre sigue sonriendo con aquella indómita
sonrisa, ahora extinta
la llama incendiándole los ojos.

¿Son los días tan cansados, tan implacable la rutina,
que han hecho de tus héroes, fantasmas?
¿Cuándo decidiste, Padre, trocar un papel secundario
en la guerra por el protagónico en una jaula?

Ojalá pudieras responderme,
que sonrieras más a menudo.
Ojalá estuvieras aquí.

 

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Lena de noche

Siempre es Lena Ye. Cuando vuelvo a aquellos días, lo primero que recuerdo es, inevitablemente, Lena Ye. Pero más que su abultada cabellera rubia, sus hombros desnudos, indiferentes, o aquellos abismales ojos rasgados, son las piernas de Lena Ye.

Las piernas largas, magras de Lena Ye.

Era Helena por las mañanas. Helena para sus padres, un comerciante chino y una traductora alemana afincados desde hacía algunos años en París; Helena en su carné de identidad, para los dependientes del banco; para la pantalla, para el resto del mundo, era Lena de noche.

Lena Ye. Aún repito su nombre como un mantra.

La había visto algunas veces, como a las otras, esperando a las puertas de Les Films Impéria, en la Rue de Lyon, donde yo era sólo uno entre tantos asistentes a monsieur George de Beauregard, el productor de cine. Entonces tenía el cabello lacio, negrísimo y no conseguía destacar de las otras aspirantes. Tendría unos dieciséis años.

Al paso de los días, algunas chicas desistían, pero ella no. Su presencia era constante en las calles cercanas del 12ème arrondisement. Una mañana nos encontramos —por casualidad o quizás, fatalidad— en un bistrot de la Place de la Bastille. Se acercó hasta la mesa donde tomaba el petit-déjeuner y pidió hablar conmigo. Tenía algo que consultarme, dijo. Le señalé una silla y le pregunté si le apetecía tomar algo. Sólo un vaso con agua, no me robaría mucho tiempo.

“Adivino que buscas presentarte con algún productor o director, ¿cierto?”

“Lo he intentado ya, sin resultados,” respondió en perfecto francés.

“No entiendo cómo podría serte útil,” le dije. “Habrás notado que no soy una figura importante dentro de la productora.”

Torció los labios y dudó un segundo. Noté por primera vez el abismo en su mirada.

“Si fueses director, ¿qué haría falta para que me ficharas?”

“Bueno, es un poco difícil saberlo,” dije. “Cada director busca algo específico. Sin embargo, podrías hacer algo con tu imagen. Toda actriz icónica posee algo único, algo que ninguna otra puede ofrecer.”

“Comme une trademark,” sonrió.

“Precisamente.”

Apareció un par de semanas después, como era costumbre, a las puertas de Impéria. La visión me hizo enmudecer. Vestía una falda cortísima y unas botas a la rodilla. Se había teñido de rubia y llevaba los ojos delineados de un negro pronunciado que hacía resaltar aún más aquellos ojos abismales. El cambio era alucinante. Se había convertido en una Sylvie Vartan chinoise, en una blonde Tura Satana.

“¿Qué tal me veo ahora, garçon? ¿No te parezco la estrella del próximo film de Jean-Luc?”

Se refería a Godard. Había adquirido la costumbre de referirse a los directores más populares por su nombre: François, Jacques, Jean-Luc.

“¿Tiene algún nombre la diva?,” respondí.

“Lena Ye,” susurró en mi oído. “Ne l’oublies pas, mon chère.” Entonces se echó el bolso enorme al hombro mientras entraba de la mano de monsieur Georges de Beauregard en persona.

La noche anterior aún le escurría por la cara.

 

Todos los días son septiembre

Las velas encendidas, los platos en su sitio. El hielo se había derretido en la cubitera sin prisas. Sin prisas, también, Lucía se quitó los tacones.

—¿Pero cómo pudo olvidarlo? —dijo Andrea—. ¡Después de seis años!

Lucía ya no bebía: sumergía la cereza en la copa de Manhattan que había dejado a medias, luego la llevaba de nuevo a su boca.

—El muy fresco llegó a la medianoche. No sabes lo estúpida que me sentí —respondió Lucía.

—¿Se fue con otra? —preguntó Andrea.

—Soy un imbécil, lo sé, pero te juro que no hay otra, Lucía —dijo Berto, buscando las manos de ella—. Era Manuel que necesitaba verme. Me llamó exaltado.

—Eso no justifica que lo hayas olvidado —le espetó Lucía.

—Soy un patán, perdóname. Mira —dijo Berto con la botella de Clicquot en mano—: aún podemos festejar.

—¡Lo mandaste al diablo, por supuesto! —dijo Andrea por encima de la música.

—¡Claro! Estaba muy enojada, la situación me había puesto muy mal —observó Lucía—. Pero luego le tocó sufrir también a él, no sabes.

—¡Ay, desgraciada! ¿Qué le hiciste?, le preguntó Andrea en tono de complicidad.

—Estoy muy cansada y ya no quiero discutir el tema —dijo Lucía—. Me voy a la cama.

Muy despacio, se inclinó para levantar los tacones y subió las escaleras descalza. Cuando Berto entró en la habitación, el vestido resbalaba hacia el suelo, un círculo de seda a los pies de su mujer. Lucía había puesto especial cuidado en la selección de la lencería para celebrar aquella noche.

—Te ayudo con el sujetador —susurró Berto.

—Puedo sola —respondió Lucía, seca, y se encaminó hacia el vestidor, muy despacio, luciendo cada centímetro de encaje que cubría la ternura de su cuerpo.

—¡Eres una perra! —dijo Andrea—. Vaya si debió haber sufrido.

—No lo hice por desquitarme —afirmó Lucía.

—Pero se quedó con las ganas —interrumpió Andrea.

—No por mucho tiempo —dijo Lucía—. Comimos juntos al siguiente día.

—¿Me estás diciendo que le bastó sólo una comida para contentarte, amiga? —le cuestionó Andrea.

—Por supuesto que no pretendo arreglar las cosas invitándote a comer —dijo Berto—. La comida es sólo para hablar. Espero que puedas perdonarme lo de anoche.

—Me hiciste sentir que no figuro en tu vida —dijo Lucía.

—Claro que sí, quiero demostrártelo —dijo Berto—. Tengo algo para ti.

—Quiso comprarte con regalitos. ¡Típico! —dijo Andrea al tiempo que encendía su cigarrillo.

—No compré nada —adelantó Berto—. No esperes joyas, es un detalle nada más.

—Señorita, si quiere fumar tendrá que salir a la terraza. Disposición oficial —informó el camarero.

Andrea apagó el cigarrillo, ignorando por completo al camarero pero sin ocultar su disgusto. Luego se dirigió a su amiga.

—¿Entonces qué era el regalo? —dijo Andrea.

—¿Un calendario? —preguntó Lucía.

—Bueno, pero no lo repruebes todavía —respondió Berto—. Ábrelo.

Lucía lo miró un instante, como dudando. Finalmente abrió el calendario y lo hojeó sin prestar mucha atención.

—¿Y qué tenía de especial? —preguntó Andrea.

—Todos los meses son septiembre —señaló Berto—.

—¡Cariño! —exclamó Lucía.

—Soy un distraído, no tengo excusa, pero quería que supieras que todos los días celebro tenerte conmigo. Todos los días de mi vida son veintitrés de septiembre.

—¡Qué detalle más lindo! —se emocionó Andrea—. Ay, amiga, te desarmó por completo.

—Me emocioné mucho, sí —mencionó Lucía mientras hacía señas al camarero. La cuenta.

—¿Te vas ya? Quédate otro rato, anda. Cuéntame más —insistió Andrea—. ¡No son ni las once de la noche!

—Lo siento, Andy. Nos vamos de brunch el finde —respondió Lucía—. ¿No ves que es veintitrés de septiembre otra vez? Me voy a casa a celebrar mi aniversario. 

 

A Tin Box

Una caja de hojalata. No hay ninguna nota visible, pero el sentido de pertenencia es incuestionable. Su interior guarda, entre otras cosas:

• Una fotografía. Nada te resulta conocido en ella, sin embargo te habla y dice mucho. Hay una historia que quiere contarte.

• Una canica. Estas cajas nunca vienen desprovistas de nostalgia.

• Un papel que porta discretamente algunos trazos. Una cita, un poema, qué importa. Es la caligrafía la que habla.

• Un trozo de hilo. Para unir, nunca para atar.

• Un botón rojo con un ideograma chino en tinta negra. En un nivel visual también es poesía.

• Una página arrancada de un libro. Apropiación de un objeto descontextualizado.

• Una diapositiva a color Kodachrome.

• Una hoja de cartón de color.

• Una caja más pequeña.

• Una postal.

• Una letra.

Cada objeto exige un proceso de resignificación. Cada objeto es una caja en sí mismo que guarda múltiples significados. Cada uno de esos significados es una ventana a la caja más grande —la más bella— que lo encierra todo: tú mismo.

De aquellos trenes jamás se regresa

Sucedía a menudo en el reducido ascensor del edificio donde vivían. Desde pequeña, Helena se había habituado a esos episodios que asaltaban a Isaak, así que no le sorprendió su nerviosismo cuando entraron a la estación del metro.

Toma mi mano, Abba.

Helena sostuvo la mano de su abuelo, anticipando el sudor frío sobre la piel blanda y las venas pronunciadas. Entendía que todo aquello obedecía a una razón que, sin embargo, siempre le había parecido una verdad distante, un capítulo que pertenecía a los libros de historia más que al álbum familiar.

Sacó un par de auriculares de su bolso y con su mano libre los colocó en sus oídos, sin reparar si las bocinas eran izquierda o derecha. Esos detalles jamás le preocupaban. Con el dedo índice sobre el disco, buscó una canción entre los cientos de su librería musical y luego presionó el botón central para ejecutar.

Edith Piaf. Las clases de francés.

El tren llegó.

Vamos, Abba. Debemos subir.

El vagón estaba lleno pero, animado por Helena, aunque a paso lento, el abuelo se decidió a entrar. No había asientos disponibles, por tanto hubieron de asirse al soporte tubular más cercano a la salida.

Un chico en uniforme escolar corría para alcanzar a entrar al vagón al tiempo que se cerraban las puertas eléctricas. Por el lado derecho, un señor de bigote engominado adelantó su brazo y colocó su portafolios entre las puertas para mantenerlas abiertas el tiempo suficiente para abordar. Cuando ambos lo hubieron logrado, se abrieron paso entre la apretada comunidad de pasajeros.

El tren se puso en marcha. Isaak se mostraba más inquieto. Las horas pico en el metro siempre son las peores. En ocasiones los trenes se ven obligados a detenerse un par de minutos a mitad del túnel hasta que el tren que le precede haya desalojado el andén. Aquella ocasión, además, debió haber una falla eléctrica porque la iluminación se interrumpía de manera intermitente.

Helena le dio un apretón de manos para tranquilizar al abuelo. Lo miraba a los ojos como diciendo Tranquilo, Abba, estás aquí. Yo estoy aquí.

Entonces los vagones se fueron quedando, uno a uno, a oscuras. Helena se dejó abrazar por el abuelo. Era él, por supuesto, quien precisaba refugio.

Tranquilo, Abba.

Cuando Helena se quitó los auriculares, la música aún se escuchaba, distante, en los altavoces.

Tu es partout car tu es dans mon cœur, tu es partout car tu es mon bonheur.

Después de algunos minutos, los pasajeros comenzaron a inquietarse. Aprisionados entre unos y otros, algunos pedían agua a grandes voces, o cuando menos un puñado de nieve, por piedad. La sed era más grande que el frío.

Una joven madre gemía con su hijo colgado al pecho.

¿A dónde nos llevan? ¿Por qué paramos?, preguntó, desde el fondo, una voz débil. Una anciana.

Por la mirilla no se alcanza a ver nada.

Parece que hemos llegado a una llanura, dijo otro. Sí, estamos en campo abierto.

En efecto, el campo era tan abierto como la noche cerrada. Allá afuera, el viento silbaba y transportaba, de tanto en tanto, el sonido de los altavoces, pero nada de ese rumor lejano que delata los lugares habitados.

Al menos no nos separaron. Estamos juntos, Abba.

Eso no importa, habló el del bigote engominado. Dicen que allá separan a todos: hombres y mujeres, jóvenes y viejos.

Después comenzó a sollozar. Sara, repetía. Sara.

Des fois je rêve que je suis dans tes bras et qu’à l’oreille tu me parles tout bas.

A lo ancho del vagón se escuchaba el llanto, la riña y el rezo. Helena procuraba tranquilizar a Isaak. A ratos, le hablaba a media voz, tomaba sus manos entre las de ella y las cubría con su aliento para frotarlas luego.

No temas, Aba, pronto estaremos en casa, tomando sopa caliente en la cocina.

Sin embargo, flotaba en el aire una sola certeza. Hombres y mujeres se abrazaban. Se hacían confesiones que, de estar bajo otras circunstancias, jamás habrían hecho. Al final se despedían de manera breve, sin ceremonias, como despidiéndose también de la vida pues, todos sabían, de aquellos trenes jamás se regresa.

Las ruedas se pusieron en marcha de repente. Afuera resonaban los gritos: órdenes ladradas en alemán. La calma que la resignación había concedido se vio interrumpida por el estrépito y la renovada intranquilidad.

Tampoco los altavoces daban tregua.

Je te vois partout dans le ciel, je te vois partout sur la terre.

Luego vino la cegadora luz de los reflectores.

Cuando todos los ojos se acostumbraron otra vez a la luz, el tren había alcanzado su destino. Por la ventana se alcanzaba a ver a un vendedor de discos pirata que avanzaba por el pasillo del vagón contiguo.

Entonces se abrieron los portones. Algunos, los que luchaban por entrar, regresaban a empujones a los que luchaban por salir.

Esta era la estación de Helena y su abuelo.

Lentamente, Isaak soltó el tubo que hacía las veces de asidera.

Vamos, Abba, dijo Helena. Entonces le bajó la manga de la camisa para cubrir el número que Isaak llevaba tatuado en la muñeca.

Al salir de la estación, el sol esperaba para deslumbrar y abrasarlos.

Quizás sería conveniente tomar un helado, para calmar el calor y al abuelo, antes de ir a casa y enfrentarse al ascensor.

 

Westminster Quarters

Facundo dedicaría el domingo a leer La Señora Dalloway.

Después de tomar un desayuno ligero —cereal, fresas, jugo de arándano— siguió con el dedo índice, con sumo cuidado a cada giro de la narrativa, el mapa de Londres que señalaba el paseo de Clarissa por Westminster hasta el Parque St. James y luego hasta la calle Bond, a donde había dicho que ella misma compraría las flores. Qué ganas de viajar. Qué ganas de hacer aquel recorrido por su propio pie y (el dedo se detuvo sobre la calle Victoria, en el entronque de Whitehall Road, dejando un borrón de sudor y tinta sobre el punto en donde quizás se levantaba la torre del Big Ben) andar de prisa entre distinguidos lords, poniendo a prueba su flema brit—  el carillón emitió las notas de los primeros tres cuartos de Westminster (como hace veinticinco años, como siempre). ¡Luna! —era curioso que jamás la llamara abuela—. Facundo dejó el libro boca abajo sobre la mesa de noche y salió de casa a toda prisa rumbo a San Lorenzo.

Cuántas veces había escuchado, de pequeño, esa melodía entre los algodoneros —frente a la casa de la abuela había un canal de irrigación y más allá, al otro lado, un sembradío de algodón donde solía jugar de pequeño. Si se seguía el camino del canal, guiado por el carillón que resonaba entre las ramas, los viejos troncos huecos de los encinos, se llegaba al Santuario de San Lorenzo. Era absurdo, en realidad, que un templo tocara los cuartos de Westminster en una ciudad como aquella, pero entonces Facundo no sabía de Londres, de Clarissas en Bond Street ni de Big Bens señalando horas del té, por tanto esas notas guardaban un significado — distinto no era la palabra, privado, eso es— privado para él. Facundo no creía en Dios ni en San Lorenzo, mucho menos; en cambio le era irremediablemente devoto a los cuartos de Westminster, al sembradío de algodón y a la abuela.

Irremediablemente devoto, pensó, abriéndose paso entre los coches al cruzar la avenida. Lo suficiente, al menos, para soportar (el semáforo se había puesto en verde y Facundo esquivó un coche que por poco lo arrolla) una hora de sermones y cánticos sosos por complacerla. Si apretaba el paso llegaría a tiempo para encontrarla en la puerta de la iglesia.

Por la calle de Aragón ya se escuchaban confundirse los cuatro cuartos completos con el arrullo de las palomas. Faltaba poco. Facundo ya alcanzaba a ver a los ancianos que dejaban su lugar en las bancas de la plaza para acudir puntuales al llamado. ¿Por qué eran siempre los viejos los que más necesitaban consuelo? ¿Por qué esa necesidad de creer en un salvador, en la segunda venida— 

La burla era inevitable. Cómo no imaginar a Jesús bajando de la cruz del altar, mostrando una enorme erección divina ante las caras extasiadas de los feligreses, que esperaban ansiosos que aquel cáliz se vertiese sobre sus rostros. La segunda venida.

Facundo alcanzó a ver a la abuela esperando en la puerta.

Talán, talán, talán, talán, talán.

No tarda en llegar, se repetía Luna al repicar de la quinta campanada. Talán, talán, talán, talán, talán. No tarda en llegar, a la décima. Entonces Facundo apareció.

¡Luna!, la llamó desde el atrio. Qué mayor le parecía de pronto. Cuántos años trabajados se veían ahora reflejadas en su rostro, en su cabello blanco y ralo. Apenas un manojo de huesos. De penas y huesos.

Pensé que no llegabas, dijo ella. Lo vio muy flaco, también. Seguro no estaba alimentándose bien. Tanta escuela, tanto estudio y para qué. Le dolía verlo tan desmejorado, aquejado siempre por un enjambre de sentimientos que no compartía con nadie. Siempre tan reservado. Todo anotaba en su libreta, Facundo, pero nada confiaba.

Facundo la tomó del brazo y se inclinó para besarle la frente. Qué bajita le resultaba, además. Frágil como el arrullo de las palomas, distante como los cuartos de Westminster, haría unos veinticinco —pero seguro no más de treinta— años, en los campos de algodón, resonando en los troncos huecos de los intemporales encinos.

Entremos, dijo.

 

Mar de azares

A Leonor la recuerdo en la Barceloneta. La playa nos había servido tantas veces de refugio y cómplice, que aprendimos a amarla aún más durante el otoño, cuando el estío se había marchado y con él los bañistas, dejando el mar entero sólo para nosotros. Entonces solíamos recorrer Barcelona andando. Habíamos llegado a la ciudad condal como tantos otros estudiantes extranjeros, y poco a poco comenzamos a habituarnos a ella. Leonor venía de la Argentina, y yo de México, cada cual con su valija y un puñado de sueños.

Había aparecido una tarde al doblar el carrer de Comerç, con el rostro lívido y sosteniendo un cigarrillo, andando a pasos cortos con cada bocanada, tratando de confundirse entre la gente. La observé venir de frente y detenerse junto al Mercat del Born. Ahí estuvo un rato contemplando a los transeúntes, con la mirada extraviada, ajena a la muchedumbre. Entonces seguí mi rumbo.

Durante algún tiempo continuamos cruzando caminos mientras vagabamos por el viejo barrio de La Ribera, donde el tiempo se suspendía y la luz mediterránea jugaba entre vestigios de grandeza medieval, hasta llegar a la playa de la Barceloneta. Cuando por casualidad nos encontrábamos, el instinto nos hacía buscar nuestras miradas y entonces, esbozando una sonrisa discreta, nos saludábamos con un gesto o una reverencia, ese lenguaje de quienes no precisan palabras.

Era así; sabíamos que el Born te susurra, que sus voces son ancestrales y se aprecian mejor caminando en solitario. Nunca pretendimos hacernos compañía durante aquellos paseos, de otra forma los ecos se perderían y no llegaríamos nunca a descifrar el secreto de este lugar. Alguna vez escuché que a Barcelona había que vivirla paso a paso, para descubrirla la única forma era hacerlo caminando, y así fue que también conocí a Leonor.

 

Una tarde a mediados de noviembre, al salir de Santa María del Mar, comencé el recorrido hacia el Mediterráneo sintiéndome observado. Fue hasta llegar a la playa que me percaté de su presencia y me dejé alcanzar junto al sereno oleaje.

“Sentí la brisa,” me dijo con su irremediable acento de plata. “Sentí cómo el frío te paraliza la cara. Eso quiere decir que vos estás vivo.”

“La arena. Sentir mis pies descalzos sobre la arena, es lo que a mí me sirve para recordármelo,” respondí mientras aceptaba el cigarrillo de su mano.

Con esta breve conversación y luego de una hora compartida en el más exquisito silencio, nos despedíamos ante una frágil luna que ya temblaba sobre el vaivén del agua.

Leonor fue la casualidad más grande de mi vida: jamás nos buscamos, sin embargo, un azar inexplicable se había aliado al destino para que coincidiéramos en un tiempo y un espacio, y consecuentemente nuestros encuentros se extendieron al resto de la ciudad.

Todo el invierno fue así. Ya no era extraño verla sortear las incansables Ramblas para internarse en El Raval, recorrer la extensa simetría de la cuadrícula del Eixample o respirar el ambiente vespertino de los pequeños cafés en Gràcia. En ocasiones continuábamos el trayecto final del paseo hombro a hombro para terminar, ambos sabíamos que así debía ser, en La Barceloneta.

 

Durante las fiestas decembrinas, el bullicio se intensificó una vez más con la llegada y salida de turistas. Nuestra frugal existencia nos impedía regresar a nuestros países de origen, a nuestras familias, y decidimos que Leonor vendría al piso y pasaríamos los últimos días del año juntos. Beberíamos vino, comeríamos pa amb tomaquet y no saldríamos durante una semana entera. «¿Que decís? ¡Una semana!», me habría contestado azorada si la propuesta no hubiese sido acompañada de cierta solemnidad. En contraste, simplemente asintió en silencio.

Después de tomar lo necesario del hostal donde, aún después de meses, seguía alojándose, nos dirigimos hacia el edificio ubicado en la calle de Avinyó, en pleno Barrio Gótico. A mí me gustaba vivir ahí y no me cansaba de repetirle con cierto orgullo lo que había escuchado en la Plaça de l’Angel, en voz de un anciano catalán enamorado de su vecindario.

“¿Sabías que Les Madamoiselles d’Avignon de Picasso no eran sino unas putitas que trabajaban esta calle? Me lo ha dicho don Ferran Puig.”

“No digas pavadas,” replicaba entre risas, “A ese tío se le va la olla. Es un colifa.”

Una vez instalados, nos dedicamos a la lectura, al amor y a observarnos mutuamente en la insoportable cotidianidad. El vino aún no se agotaba cuando, a pesar de lo planeado, desistimos de la idea: no duramos sino tres días en el piso antes de salir a las calles y volver al mar. Nos gustaba pensar que éste reclamaba nuestra presencia, y con el tiempo concluí que tal argumento nos servía de indulto a la evidente falta de voluntad que nos delataba al dejar nuestro plan inconcluso.

 

Cuando la primavera fue inevitable ya sospechaba lo que habría de venir. Era natural, ni Leonor ni yo conocíamos la palabra futuro, por lo tanto resultaba absurdo tomarle en cuenta o siquiera hablar de él. Pensaba todo esto camino a la librería, pues habría de comprar un libro para obsequiarle cuando el azar nos llevara otra vez a la mar. Era la fiesta de Sant Jordi, y la costumbre barcelonesa es que tal día sus habitantes se regalan entre sí un libro y una rosa. En aquella ocasión la busqué. Caminé por las cercanías de Montjuïc, esperando encontrarla vagando por Plaça Espanya. Recorrí con la mirada la ciudad entera desde el mirador en el Parc Güell, buscando en vano alguna señal. La esperé en una solitaria banca, frente al templo de la Sagrada Familia, participando de una súbita comprensión mutua. Su inconclusión era la mía. Sentí el mismo vacío que me embargaba cuando dejaba de frecuentar el mar. Entonces lo supe:

“¡La Barceloneta!,” pensé mientras me apresuraba a la estación del metro, no dispuesto a perder más tiempo. ¿Dónde podré encontrarla si no ahí? En efecto, no bien hube avanzado unos pasos, cuando Leonor ya estaba a mi lado, a espaldas de la Marina. Le entregué el ejemplar de La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera, que llevaba para ella y sin explicarme, le di un abrazo.

“Gracias,” dijo con la decisión acostumbrada. “He venido a despedirme del Mediterráneo. Vos sabés que el verano se acerca y he de regresar a Argentina. Quiero recordar a la Barceloneta en otoño, cuando sólo la compartía con vos.”

No me tomó por sorpresa. De cierto modo la comprendía, y compartía su decisión de no volver más a la playa el poco tiempo que nos restaba en aquella ciudad. Supe que el último año de mi vida había sido prestado y que yo también habría de regresar a la realidad. Entonces tomé su mano, y juntos le dijimos adiós a nuestra playa.

Esa tarde, al caminar de regreso, nos detuvimos junto al Colón. Contemplamos su mano firme, apuntando enfáticamente hacia América con el índice, mientras pactabamos en silencio como habría de ser nuestra despedida. No había necesidad de dramatizar. Concluí que sería mejor dejar que la casualidad nos permitiera coincidir de nuevo en las calles del Born, hasta nuestra partida. La saludaría entonces con discreción y sin cruzar palabra, pero con la indiscutible certeza de saber mías a Leonor, Barcelona y la mar.

 

© 2004-2005

Hicimos un hombre de nieve

Hicimos un hombre de nieve. La noche anterior había nevado y todo amaneció cubierto de un blanco incansable. Mamá llamó a mi puerta para despertarme y que asomara a la ventana.

Asoma a la ventana, dijo.

Así que lo hice y no había sitio dónde poner los ojos que no fuera blanco. Entonces me cambié de prisa, tomé mi gorro rojo, un par de guantes y salí a jugar en aquel paisaje albo. Luego hicimos un hombre de nieve.

Digo “hicimos” porque no está bien discutir en la víspera de la Navidad, pero la realidad es que todo lo hice yo solo. Casi.

Durante más de una hora estuve juntando la nieve depositada sobre los coches y el césped. Algunos vecinos asomaban sus cabezas por las puertas entreabiertas de las casas, miraban a lontananza, pero ninguno acertaba a salir. Sus ojos —que delataban las ansias de jugar también— se perdían en una profundidad nívea.

Cuando se acercó Al, yo ya tenía una base suficientemente alta y sólida. Al es mi hermano. Se había levantado un poco más tarde, así que llegó aún frotándose los ojos.

¿Quieres ayudarme?, pregunté.

Está muy dura la nieve, ¿no? Así no se puede. Habría que esperar a que se ablande un poco.

Que no, que luego el muñeco no queda firme.

Yo cogía la nieve entre mis dos manos y la comprimía con cuidado. Ése es el secreto, sabes. Hay que apretar bien el hielo para que se endurezca y el muñeco pueda sostenerse con facilidad. Y yo lo hacía apretando suficiente nieve entre mis manos.

De este modo puedes comprimirlo y queda firme, dije.

Al se dio la vuelta y se marchó a casa. Había algunos asuntos que atender en la cocina, me pareció escucharle decir. No dije nada. Tomé la enorme bola de nieve —la cabeza— que había estado construyendo y, con mucho cuidado, la coloqué encima de la base. Estas cosas hay que hacerlas con esmero y diligencia, sabes. De lo contrario todo puede irse al carajo.

Cuando levanté la mirada, observé que Al venía cargando una cubeta que se había quedado afuera, en el jardín, llena de nieve. También traía consigo una zanahoria, un limón partido por la mitad y algunos guijarros. Venía a ayudarme, después de todo.

Traigo más nieve.

Hace falta poner más y comprimirla alrededor del cuello, para que la cabeza se una bien a la base.

Le puedes poner unas ramas sec—

Para los brazos. Ya había pensado eso.

Entonces colocamos el limón y zanahoria para formar los ojos y nariz. Los guijarros, para formar botones de la camisa. Después de colocarle los brazos, corrí a casa por un fular y una vieja escoba de varas atadas a un palo. No bien hube regresado, Al me lanzó un proyectil de nieve que logré esquivar. Reí.

Mi risa era casual porque quería distraerlo. Colocar el fular y la escoba en el hombre de nieve y entonces, cuando menos lo esperara, atacar.

Y ataqué.

La bola de nieve atinó al hombro de Al, pero fue tan ágil en sus movimientos que, si bien no logró esquivar el proyectil, el golpe fue ligero.

Ambos corríamos intentando no resbalar, intentando esquivar el golpe, intentando acertar al blanco contrario.

Blanco.

Agotados, terminamos echados sobre esa cama albísima hasta que las risas hubieron cesado. Seguían cayendo pequeños cristales de nieve. Silencio.

¿Qué miras?

Los copos de nieve. Todos son diferentes. Fíjate bien cuando caen sobre la ropa, pero fíjate en los nuevos, cuando están recién caídos. Estos ya están viejos. Todos son diferentes.

¿Sabes qué me apetece hacer?, dije con voz tan clara como todo aquello.

¿Qué cosa?

Leer un cuento a los niños. Esta noche, después de cenar. Un recuerdo de Navidad, de Capote.

Si es que puedes mantenerlos quietos.

Si es que puedo mantenerlos quietos.

Cuando al fin regresamos a casa, los niños ya estaban de pie. Hicimos un hombre de nieve, dijimos.

Mamá ya había servido el desayuno.

 

 

 

Sobre religión y apreciación estética

¿Qué tocas con Andre?, le pregunté.

Ella baila, yo toco. Me lo pidió ella. Es para un espectáculo suyo. Quiere hacer un espectáculo con eso.

¿Y qué tal?

No lo sé. No tiene nada que ver con lo que nosotros hacemos. No quiere decir nada.

¿Y eso qué significa?

Significa que no quiere decir nada: lo que hacemos no significa nada, no hay ninguna historia, ninguna idea, nada. Ella baila, yo toco, eso es todo.

Se quedó un rato pensando. Yo intentaba imaginármelo.

Por eso no se trata de un acto bueno, dijo, es un acto y ya está. No tiene nada que ver con hacer algo bueno.

Dijo que tenía que ver con hacer algo bello.

Le costaba trabajo explicarse, y a mí entenderle, porque nosotros somos católicos y no estamos acostumbrados a diferenciar entre el valor estético y el valor moral. Es lo mismo que con el sexo. Nos han enseñado que se hace el amor para comunicarse y para compartir la alegría. Se toca música por las mismas razones. El placer no tiene nada que ver, es una resonancia, una reverberación. La belleza es tan sólo un accidente, necesario únicamente en dosis mínimas.

 

Fragmento de la novela «Emaús», de Alessandro Baricco.

Aquí no hay quien viva

El sol de mediodía arreciaba con impunidad sobre los rostros cuarteados de aquel par de hombres, y el polvo ardiente arrastrado por el viento se pegaba al sudor de sus frentes imprimiendo aún mayor aspereza a los semblantes, ya por sí endurecidos con los años. Sobre ellos se alzaba el cielo manchado de algunas nubes modestas cuya sombra apenas alcanzaba a acariciar tímidamente las rocas apiladas que cercaban los ranchos. La tierra se estiraba sin descanso de un extremo a otro, interrumpida sólo por aquel monte pedregoso que se levantaba en medio del infortunio. Esa tierra azarosa e indiferente, sobre la cual no había tragedia humana que importara, ninguna que trascendiera, sostenía a los dos viejos como a un par de semillas secas en la palma de la mano.

El aire arremetía contra sus sombreros desteñidos y, durante breves instantes de tregua, interrumpía el rumor de su silbido dejando un silencio pasajero que les habría bastado para escuchar con claridad los pensamientos del otro. Ambos aparentaban la misma edad, a pesar de que entre ellos se extendía una brecha de más de veinte años.

Además del talante duro, el más viejo tenía la mirada cansada, la piel serrana, y los labios enmarcados por un bigote tan blanco como en otro tiempo había sido azabache. Andaba a pasos lentos y cojeaba ligeramente a consecuencia de una antigua herida de bala adquirida en un pleito de cantina y no durante su carrera militar, como bien podría haber se pensado. Su nombre era José Pascual Rentería. Venía de lejos, según había dicho, y le había tomado varios días llegar al pueblo porque nadie supo indicarle el rumbo, aunque en realidad no era un asunto que importara: sea cual fuere su lugar de procedencia, seguro quedaba lejos, pues hacía mucho que ningún camino conducía a Olvido.

Llegaba con algunos años de retraso, buscando a una mujer. Había postergado tantas veces su regreso y ahora que finalmente estaba allí, ante aquellos árboles secos, los corrales desvencijados y las antiguas fachadas relucientes ahora marcadas por un color blanco deslavado, se percataba de que aquella región despiadada estaba acentuada por los rasgos propios de una tierra yerma. No se encontró con los niños que solían cazar culebras cerca del arroyo, tampoco ladraron los perros a su entrada al poblado. En su lugar sólo encontró cuervos, cientos de ellos, posados sobre las ramas sedientas como esperando algún presagio. Las puertas y ventanas de las casas polvorientas permanecieron cerradas, de manera que no hubo sombra que lo refugiara del sol ni del abrasante recuerdo de Martina Dorantes.

Después de andar algunas calles con la esperanza de tropezar con algún conocido o, cuando menos, un alma caritativa que lo invitara a sacudirse el sopor vespertino y resguardarse de aquel sol traicionero, casi al final del trayecto, a la orilla de un descampado, creyó ver la silueta de un hombre. Era alto, de aspecto hosco y andar arqueado, y a medida que se acercaba a él, se evidenciaban sus ojos grandes almendrados y el mentón hendido en su rostro lampiño. Vestía una camisa a cuadros desgastada, arremangada hasta los codos, y trabajaba afanosamente amontonando piedras, a manera de cerca, para delimitar aquel terruño. Parecía ignorar que ya no estaba solo, así que cuando José Pascual tuvo la certeza de no estar presenciando una aparición, caminó arrastrando la pierna mala hasta que se hubieron encontrado de frente. Entonces se escrutaron en silencio, con los ojos bien abiertos y los labios apretados.

Se llamaba Demetrio. No tenía hijos, como tampoco se le había conocido mujer fija en sus cincuenta y dos años de vida. Desde joven se consagró al cuidado de su madre y cuando ésta al fin murió un par de veranos atrás, no encontró en que ocuparse para espantar el hastío de aquella soledad aplastante. Sólo una vez había salido de Olvido, durante su adolescencia, cuando visitó el pueblo vecino de Buenaventura y fue a una casa de ésas, a procurarse calor de cama. La mujer que se encargó de él era vieja y despedía el olor pegajoso de los sudores tantas veces amasados, tenía los senos tristes y el sexo abultado. Al final de la faena Demetrio le dejó algunos billetes arrugados sobre la almohada, pero había sido tan breve y tan poco placentera la experiencia que esa misma noche regresó a casa, con la vergüenza subida al rostro y la resolución secreta de nunca más recurrir a los amores de alquiler. Ahora pensaba que ya era demasiado viejo para andar buscando la mujer como se busca el pan de cada día.

Hasta esa tarde los dos hombres jamás se habían visto, a pesar del uno tener conciencia de la existencia del otro. Ahora estaban allí, sin sospechar sus identidades, en medio de aquel páramo, respirando el mismo aire sofocante y cuestionándose mutuamente con la mirada. Un par de viejos rudos, ignorantes del irremediable llamado de la sangre.

 

—Así que anda buscando a alguien—, dijo Demetrio despacio, como arrastrando la voz. Luego añadió—: Aquí ya no queda nadie. Hace mucho tiempo que todos decidieron nacer o morir en otro lado—. Lo decía sin nostalgia pero subrayando cada una de sus palabras, con un acento que delataba su fuerte arraigo en aquel pueblo. José Pascual no se preocupó por parecer asombrado. Acababa de cumplir setenta y tres años, y se le ocurría que quizás a su edad tanta añoranza había acabado por tenderle una trampa. Pensó entonces que probablemente Olvido nunca había sido gran cosa.

—Sólo el polvo se ha quedado —continuó Demetrio—. Ese polvo ardiente, que no perdona y muerde sin piedad. A no ser por eso, ya nada más queda.

—No siempre fue así —argumentó el mayor—. De joven yo conocí este pueblo, cuando llegaban a él gentes de todos lados. Con semejante ajetreo, ¡quién hubiera imaginado que le había de llegar la mala hora!

—Puede que tenga razón. Pero como le digo, llega usted algunos años tarde —aseguró aquel hombre—. A donde vaya no encontrará sino cuervos y algún que otro sonido transportado por el viento. De eso si hay mucho, tanto que si uno cierra los ojos, hasta podría pensar que está en algún lugar poblado. Pero basta con abrirlos de nuevo para desengañarse. No, si aquí no hay quien viva.

«Carajo», pensó José Pascual mientras secaba con el dorso de la mano las mugrosas gotas de sudor que escurrían por su frente. «Hasta ahora me doy cuenta realmente de cuánto tiempo ha pasado». Recorrió con la mirada el horizonte, de extremo a extremo, tratando de recordar dónde podía ubicarse la finca en donde por poco más de un año vivió al lado de Martina Dorantes, pero sus ojos no encontraban lugar que los detuviera. Volvió la vista, y entonces notó que Demetrio continuaba su labor. Ese otro hombre de hablar pausado, el primer ser viviente con quien se había cruzado hasta entonces, luchaba ahora contra una piedra que resistía a quedarse en su lugar. En ese momento Demetrio le causó cierta simpatía. Le había recordado vagamente a sí mismo. José Pascual creyó reconocer en él ese mismo carácter tozudo que lo había llevado a escalar en el ejército, empezando como cabo, hasta llegar a mayor.

Decidió ayudarlo.

Encontró una buena piedra, y otra, mientras cavilaba lo que habría de hacer, y cuanto más apilaban, mejor les salían a los dos hombres las palabras.

—Disculpe que me entrometa —le dijo a Demetrio—. Pero si usted pensó que era bueno cercar la tierra, sería porque habrá quien venga todavía por estos rumbos.

—Esto de las piedras es sólo pa’ ocuparme de algo —le respondió mientras se hacía aire con el sombrero—. La realidad es que ahora nadie viene. Años atrás aún llegaba un que otro cristiano buscando parientes distantes, pero poco a poco se dieron por vencidos. Los más empecinados contaban cómo les era cada vez más difícil recordar el camino a Olvido. Al final ya no volvieron. Terminaron por convencerse que este pueblo lleva su maldición en el nombre.

—Yo no busco parientes. Busco a una mujer —señaló el mayor—. Se llama Martina Dorantes.

—La conozco —respondió, llevándose de nuevo el sombrero a la cabeza, y con voz fúnebre, agregó—: O mejor dicho, la conocí, señor... ¿Cómo dijo que era su nombre?

—No lo dije. Soy el mayor Rentería. José Pascual Rentería.

—Con que mayor, ¿eh? —habló Demetrio a regañadientes, y por primera vez desde que se encontraron, dejó el trabajo a un lado, concentrándose en cada gesto de aquel hombre que tenía frente.

—Entonces, ¿quiere decir que murió? —preguntó el anciano, y sin esperar respuesta continuó hablando—. Es una lástima. Jamás conocí cama más ardiente que la de esa Martina Dorantes —añadió mientras revivía el recuerdo de aquella amante incansable. Luego de una ligera pausa, remató—: ¡Esa mujer sabía de unas mañas, que hasta donde yo sé, bien pudo haber sido de otro hombre aquel hijo bastardo que cargaba dentro!

Demetrio no daba crédito a tales palabras. En un instante sintió el hervor de la sangre recorrer todo su cuerpo, removiendo viejos rencores que hacía tiempo había creído olvidados. Apretó los puños y tragó saliva de rabia, sin embargo, el eterno polvo abrasante y aquel inclemente sol de julio le impidieron al mayor percatarse de ello.

 

Martina Dorantes había esperado hasta el cansancio el regreso de José Pascual Rentería. Habían vivido en amasiato durante un año y medio, antes de que José Pascual iniciara siquiera su carrera militar. Ella era huérfana de padre y madre. Su única familia era la hermana mayor, quien se había marchado de Olvido buscando un mejor porvenir y se había extraviado en los vericuetos de la vida fácil tan pronto llegó al pueblo vecino, de modo que ahora se encontraba completamente sola. Él estaba de paso. Se había quedado varado en su camino a la escuela militar, y lo habría continuado, de no haber sido porque esa noche conoció el lecho de Martina. Jamás lo planearon, pero se quedó con ella una semana, y otra, y cuando al fin se dieron cuenta ya llevaban un año juntos. Retozaban a todas horas, se deshacían en arrumacos, amándose ahí donde la inspiración los asaltaba. No les importaba interrumpir la siesta o dejar a medias el desayuno con tal de satisfacer aquel hambre que era más fuerte que las ganas de comer y no hubo rincón que no fuera testigo de aquellos desquiciados rituales de placer, hasta el día infame en que a Martina le fallaron las cuentas, y con un tino certero, José Pascual Rentería la dejó en estado interesante. Tan pronto se enteró del embarazo, el hombre decidió que era el momento de seguir su rumbo, enlistarse otra vez en el ejército. Así como llegó, se fue también. La dejó a la buena de Dios pero con la promesa falsa de que volvería para casarse con ella y reconocer como suyo al niño, pues él no era hombre de regar hijos bastardos.

Martina Dorantes parió sola, antes que nadie alcanzara a llegar para asistirla en el parto, un varón de ojos almendrados y mirada temerosa. Lo llamó Demetrio, pero se rehusó a ponerle apellido con la esperanza de que, primero Dios, regresara pronto el padre a dárselo. Demetrio habría de crecer con el recuerdo de la madre que encanecía sin remedio, asomando a la ventana, tratando de divisar en el horizonte la señal inequívoca del regreso del hombre perdido. Cada nuevo día era una razón para tener la casa limpia y la comida en el fogón.

—Uno de estos días vendrá tu padre, ya lo verás —decía Martina, siempre con la esperanza empollando entre el pecho y la voz, tratando de convencerse más a ella misma que a su hijo—. José Pascual Rentería, se llama. Tú no lo conoces porque se fue al ejército, pero él te engendró. Ahora seguro es capitán. En una de esas hasta coronel. Apréndete bien su nombre porque cuando ese día llegue, entonces llevarás el suyo.

Estas palabras accionaban en su hijo un mecanismo de ensoñación del cual no salía en horas y que Martina Dorantes interpretaba como lapsos de ensimismamiento, propios de la pubertad. «Demetrio Rentería», pensaba el muchacho con una sutil sonrisa que apenas era sugerida en las comisuras de los labios. «Ése es mi nombre, con todas sus letras. Soy Demetrio Rentería». Le gustaba la resonancia de aquellas palabras. Imaginaba que las decía frente a sus compañeros de la doctrina, henchido de orgullo, y amparado por un gesto de aprobación del párroco del pueblo. Hasta entonces no había sido nadie pero tenía la plena certeza de que, cuando el destino inevitable le trajera a su padre, podría decir con toda legitimidad que él era Demetrio Rentería.

Fue de esta manera que, con una frágil felicidad compartida, el muchacho acompañaba a su madre en la incansable espera de aquel día que jamás habría de llegar.

 

La tarde caía en aquel áspero confín del mundo. El sol que hasta unas horas antes ardía sobre sus cabezas ahora parecía besar el monte y lo hacía resplandecer como un maizal en llamas. Los viejos se miraron fijamente: los rostros sucios de sudor y polvo, las manos labradas durante muchos años de vicisitudes, estudiando cada gesto, tan callados, como si intentaran escuchar los murmullos sepulcrales arrastrados por el viento. Permanecieron así un largo rato, junto a las piedras amontonadas, hasta que Demetrio rompió el silencio mientras retomaba la construcción de la cerca.

—Mejor sería que regresara por donde vino, amigo —espetó Demetrio. Luego lanzó un escupitajo que fue absorbido con ansiedad por el suelo infecundo—. Aquí no encontrará cosa que valga. Ya se lo he dicho, aquí no hay quien viva.

—Ya me estoy convenciendo de eso —observó José Pascual mientras veía cubrirse de polvo la mancha húmeda que había dejado la saliva en la tierra—. De cualquier modo, aún no me ha dicho de qué murió Martina.

Demetrio se impacientaba.

—No me lo va a creer: por culpa de un hombre muerto —contestó—. A fuerza de tanto pensar en el difunto, olvidó como vivir.

—Ya decía yo... tenía que haber otro hombre —dijo el mayor sin miramientos—. Seguro más tardé yo en irme, que ella en encontrar con quien revolcarse.

Sin saberlo, aquel anciano había encendido la mecha una vez más y la sangre de Demetrio, sangre de su sangre, llegó al punto de ebullición.

—Será mejor que vaya agarrando rumbo —profirió con un malestar que al fin se hacía evidente—. Ya no dilata en oscurecer, sabrá Dios lo que pueda ocurrirle en el camino.

—¡Qué carajos! Y yo que venía a morir en cama de esa mala mujer, en este pueblo puñetero —exclamó el viejo José Pascual Rentería, mientras daba la media vuelta y, cojeando levemente, avanzaba en dirección opuesta.

Demetrio no dijo más. Se dejó enredar en una inescrutable madeja de emociones que, una vez reanimadas, cobraron gran relieve. Sintió el calor que lo incitaba y entonces la vio. Una piedra enorme, pesada como el resentimiento de todos esos años y, haciendo un gran esfuerzo, la levantó con ambas manos por encima de su cabeza. Luego la dejó caer sobre el débil cráneo del anciano, quien se desplomó al instante sobre la vasta tierra agrietada que cobijaba el cuerpo sin vida de Martina Dorantes.

Bajo aquel atardecer, una luz azafranada bañó el rostro polvoriento de José Pascual Rentería. Había abandonado este mundo sin conocer que Demetrio era su hijo y, en esa tierra azarosa e indiferente, sobre la cual no había tragedia humana que importara, el viento siguió silbando llevándose consigo un quejido apenas audible. Otro muerto, un cuervo más en el pueblo de Olvido.

 

 

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